"The violets in the mountains have broken the rocks."


dijous, 29 de maig del 2014

La Vida.

La Vida. La Vida me dijo una vez que tuviera cuidado: me advertía de su poder, de sus lamentos, de sus zancadillas, de sus traiciones , de sus tropiezos y bofetadas. Me advertía de lo que podía llegar a hacer con sus mil y un tentáculos y su lengua de víbora. 

- Tienes suerte. - Dijo ella con picardía. - Quién avisa no es traidor. - Dijo ella desafiando mi escaso rencor.

Yo no le tenía en cuenta mis caídas. Ni me apuntaba las veces que la Vida me había marcado un tanto, sencillamente, no le atribuía ningún mérito de mis fracasos. No fue ella quién marcó el primer recuerdo de mi infancia con un puñetazo. No fue ella quién se fue y me dejó a mi suerte con dos seres inestables. No fue ella quién pagó cada mal día con hematomas y rasguños. Ella estaba ahí, observando, pasando sin pena ni gloria, o eso creía yo. 

La Vida. La Vida me dijo una vez que la gente era, es y será mala. Yo, indagando en mi inocencia, viviendo en mi ignorancia, no le hice caso. Debía comprobarlo por mí misma, y como todo aquél que arriesga, mis probabilidades de ganar eran escasas. Y así me fue. Por momentos me mezclaba entre las masas, pasaba desapercibida, intentaba encajar en la maldad, y aunque yo no lo sabía, no engañaba a nadie. 

- Debes aprender a actuar. - Dijo ella con sabiduría. - Si te calan, estás perdida. - Dijo ella subestimando mi astucia.

Aún así, aprendiendo a actuar, las cosas no salían como esperaba. Me levantaba y elegía mi mejor disfraz: ninguno me convencía. Uno demasiado grande, el otro demasiado pequeño... No tuve la suerte de Ricitos de Oro, el mediano no aparecía entre calcetines impares y camisetas cinco tallas mayores que la mía propia. 

Hasta que un día, mi compañera de ruta, la Vida, me confesó que no hay secreto que valga para vivirla. Me dijo que no servían consejos, ni palabras extractas de la voz de la experiencia, ni historias, ni leyendas, ni cuentos ni poemas. Nada servía, y yo, decepcionada, sin entender palabra - o quizás sin querer entenderlo - dejé de pasar mis soles con ella. Dejé de compartir con ella mis lunas. Dejé de contarle mis cuentos y mis miedos. Dejé de vivirla durante un tiempo.

De hecho, recibí noticias suyas. Dicen que va por ahí, dando los mismos consejos, que hace tiempo, me dio a mí. Que se sentía culpable por haberme desamparado, aunque la huída llevara esa vez mi nombre. Que me echa de menos, que ya no quiere que la viva, ahora, la Vida quiere vivirme a mí.