Regresó del mercado, de ese cotilleo ambulante. De ese paraíso de colores, olores y sabores. De esa larga calle conocida por si fiel mercado, por sus vendedores ambulantes, sus gitanas vendiendo bragas y sus clásicos “Top Manta”.
Abrió la puerta, con un simple giro de muñeca, opresando la llave entre sus dedos. Cerró la puerta con un leve movimiento de coxis, y pillizcó un trozo de miga de pan. Se lo llevó a la boca, con sus perfectas manos, con su perfecta manicura francesa, con su magnífica alianza de boda. Cotilleó un poco la revista de la que era socia, y se dirigió a la cocina.
Esa era su vida. Tan solo salía para hacer la compra, preparaba las comidas del día, hacía la colada, y ordenaba la casa.
Tan solo servía para eso. Para eso, y para la apariencia ante los amigos compañeros y jefe de su amado.
Hacía tiempo que esa hortera pero carísima alianza, le pesaba como un pedrusco, aún mayor al tamaño de los que tenía incrustados el anillo. Los años iban pasando, y se le cargaban en la espalda, esperando al próximo pasajero. Su amueblada cabeza no servía para nada más que para hacer las tareas de la casa. Y eso la empezaba a cansar. Quería verse realizada, y aunque sabía que al lado su esposo, no lo conseguiría, aún así, seguía a su lado. Sabía quen él la necesitaba.
Y como tantas otras mujeres, se recompensaba con un vaso de whisky, por su eterno sacrificio. Necesitaba respirar, se sentía exhausta de aguantar callada, día a día, sin tan solo poder dar una idea. Se llenó por segunda vez el vaso, y brindó sin demasiado entusiasmo, por su soledad, brndó por el vaso del día siguiente, brindó por la botella, la única que la escuchaba, y la sabía hacer feliz.
me gusta, mucho
ResponElimina